Dolor pélvico crónico y diatermia: abordaje fisioterapéutico avanzado

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El dolor pélvico crónico es un síndrome persistente y multifactorial que puede implicar suelo pélvico, sistema nervioso, vísceras, fascia, musculatura, cadera, columna lumbar, respiración, sistema nervioso autónomo y factores psicoemocionales. No debe interpretarse como una única lesión local, sino como una experiencia dolorosa compleja en la que pueden coexistir mecanismos periféricos, miofasciales, viscerales, neuropáticos y de sensibilización central.

La diatermia capacitiva y resistiva puede ser útil como herramienta coadyuvante dentro de la fisioterapia pélvica avanzada. Su papel no es “curar” por sí sola el dolor pélvico crónico, sino ayudar a modular el dolor, mejorar la perfusión, reducir hipertonía, favorecer la viscoelasticidad tisular y facilitar el trabajo manual o funcional. Su aplicación debe ser siempre individualizada, prudente y basada en razonamiento clínico.

Ideas clave




El dolor pélvico crónico es una de las entidades clínicas más complejas dentro de la fisioterapia, la rehabilitación y la medicina del dolor.

De forma general, se considera dolor pélvico crónico aquel dolor persistente o recurrente localizado en la región pélvica, con una evolución de al menos 3 a 6 meses, que afecta a la función, la calidad de vida, la esfera sexual, la actividad física, el sueño, el estado emocional o la participación social de la persona.

No debe entenderse como una única lesión localizada. En muchos pacientes, el dolor pélvico crónico se comporta como un síndrome multifactorial en el que pueden participar estructuras musculoesqueléticas, viscerales, nerviosas, fasciales, hormonales, inflamatorias y psicoemocionales.

Desde la fisioterapia avanzada, la pelvis no puede analizarse como un territorio aislado. Está íntimamente relacionada con la columna lumbar, la cadera, la pared abdominal, el diafragma, el suelo pélvico, el sistema visceral y el sistema nervioso autónomo. Por ello, el abordaje clínico debe basarse en una valoración individualizada, en el razonamiento terapéutico y en la adaptación progresiva del tratamiento a la respuesta del paciente.

En este contexto, la diatermia capacitiva y resistiva puede ocupar un papel relevante como herramienta coadyuvante, especialmente cuando el objetivo es modular el dolor, mejorar la perfusión tisular, reducir la hipertonía, favorecer la movilidad fascial y preparar los tejidos para otras intervenciones fisioterapéuticas.


El dolor pélvico crónico puede aparecer asociado a diferentes entidades clínicas. Entre ellas se encuentran el síndrome de dolor miofascial pélvico, la endometriosis, el síndrome de vejiga dolorosa, la prostatitis crónica o síndrome de dolor pélvico crónico masculino, la vulvodinia, las neuralgias pélvicas, el dolor posquirúrgico, las cicatrices dolorosas, las disfunciones viscerales o los cuadros de sensibilización central.

Sin embargo, en muchos pacientes no existe una única estructura responsable del dolor.

El cuadro puede haber comenzado con una alteración inflamatoria, una intervención quirúrgica, un parto, una infección, una lesión musculoesquelética, una cicatriz o un episodio de sobrecarga.

Con el tiempo, el sistema neuro-músculo-fascial y visceral puede quedar sensibilizado.

Esto significa que el tejido que inició el problema no siempre sigue siendo el principal generador del dolor.

En fases persistentes, pueden participar mecanismos de protección muscular, hipertonía del suelo pélvico, alteraciones del sistema nervioso autónomo, hipervigilancia corporal, miedo al movimiento, alteraciones del sueño y disminución de la tolerancia a estímulos previamente normales.

Las estructuras implicadas pueden incluir el elevador del ano, el obturador interno, la musculatura aductora, los glúteos, la pared abdominal, las fascias pélvicas, los ligamentos, la región sacroilíaca, la columna lumbar, los nervios pudendo, ilioinguinal, iliohipogástrico o genitofemoral, así como vejiga, útero, próstata, intestino, recto y tejidos cicatriciales.

Desde el punto de vista fisiopatológico, pueden coexistir varios mecanismos:

Por este motivo, el dolor pélvico crónico no debe abordarse mediante una visión lineal de “estructura dañada igual a dolor”. El razonamiento clínico debe preguntarse qué mecanismos están activos, cuáles son modificables y qué peso tiene cada uno en la experiencia del paciente.


El dolor pélvico crónico puede manifestarse de forma muy variable. Algunos pacientes presentan dolor profundo en la pelvis; otros refieren dolor perineal, suprapúbico, lumbar bajo, inguinal, genital, rectal o sacro. En ocasiones el dolor es constante; en otras, aparece ante situaciones concretas como la sedestación prolongada, la micción, la defecación, las relaciones sexuales, el ciclo menstrual, el esfuerzo físico o determinados gestos cotidianos.


El tratamiento se basa en educación sexual, terapia manual intravaginal para inhibición de puntos gatillo, integración progresiva del contacto sin dolor, trabajo de relajación perineal, respiración y progresión funcional.

Los síntomas más frecuentes pueden incluir:


En el plano musculoesquelético es frecuente encontrar alteración de la movilidad lumbopélvica, rigidez de cadera, hipertonía del suelo pélvico, dolor miofascial, aumento del tono abdominal, restricción fascial, pérdida de coordinación respiratoria y dificultad para relajar la musculatura perineal.

Desde el punto de vista funcional, el impacto puede ser muy importante. El paciente puede limitar su actividad física, evitar estar sentado, reducir su vida social, modificar su actividad laboral, presentar miedo al contacto íntimo, alterar sus hábitos intestinales o miccionales y desarrollar una relación de vigilancia constante con la pelvis.

En fases de sensibilización más avanzada pueden aparecer síntomas desproporcionados respecto a los hallazgos estructurales, expansión del dolor a otras regiones, intolerancia al tacto, fatiga, alteraciones del sueño, ansiedad, hipervigilancia y pérdida de confianza en el propio cuerpo


La valoración fisioterapéutica en dolor pélvico crónico debe ser exhaustiva, respetuosa y progresiva. Antes de aplicar cualquier técnica, incluida la diatermia, es imprescindible comprender la historia clínica, la evolución del dolor, la irritabilidad del cuadro y los factores que agravan o alivian los síntomas.

La entrevista clínica debe explorar:

También es importante identificar la fase clínica y la irritabilidad del sistema. Un paciente con dolor espontáneo intenso, mala tolerancia al tacto, alodinia o gran hipervigilancia requiere un abordaje muy distinto al de un paciente con baja irritabilidad, síntomas localizados y buena tolerancia al tratamiento manual.

La exploración puede incluir la observación de la postura, el patrón respiratorio, la movilidad lumbopélvica, la función de cadera, la respuesta de la pared abdominal, la movilidad de cicatrices, la palpación de tejidos externos, la valoración de zonas de hipersensibilidad y el análisis funcional general.

Cuando esté indicado, y siempre con consentimiento informado, puede realizarse valoración específica del suelo pélvico.

Esta exploración puede aportar información sobre tono basal, capacidad de relajación, dolor a la palpación, puntos de hipersensibilidad, coordinación, respuesta al aumento de presión intraabdominal y relación entre respiración, abdomen y periné.


Debe prestarse especial atención a los signos de alarma. La presencia de fiebre, pérdida de peso inexplicada, sangrado anómalo, sangrado posmenopáusico, hematuria persistente, masa pélvica, dolor nocturno severo no mecánico, síntomas neurológicos progresivos, sospecha infecciosa, sospecha tumoral o dolor de aparición brusca e intensa requiere derivación médica o reevaluación interdisciplinar.


El tratamiento del dolor pélvico crónico no debe formularse únicamente como “quitar dolor”. Aunque la analgesia es un objetivo importante, el abordaje debe ir más allá y orientarse a recuperar seguridad, movilidad, tolerancia tisular, autonomía y función.

Los objetivos generales pueden incluir:

También es fundamental ayudar al paciente a comprender su proceso. En el dolor persistente, la educación terapéutica no es un complemento menor, sino una parte esencial del tratamiento. Comprender que dolor no siempre equivale a daño activo permite reducir miedo, hipervigilancia y conductas de evitación.

La recuperación debe plantearse de forma progresiva, individualizada y adaptada a la respuesta clínica. En algunos pacientes el primer objetivo será simplemente mejorar la tolerancia al tacto o disminuir la sensación de amenaza corporal.

En otros, el objetivo podrá orientarse a mejorar la función sexual, la sedestación, la actividad laboral, la carga física o el rendimiento deportivo.


El abordaje fisioterapéutico del dolor pélvico crónico debe ser multimodal. No existe una técnica única capaz de resolver todos los mecanismos implicados, porque el problema suele integrar factores tisulares, neuromusculares, viscerales, sensitivos, funcionales y emocionales.


La educación terapéutica permite explicar al paciente qué ocurre en su sistema, por qué el dolor puede persistir, qué papel tiene la sensibilización y por qué la recuperación requiere progresión.

Esta educación debe ser clara, tranquilizadora y rigurosa, evitando mensajes alarmistas o excesivamente estructurales.

Validar la experiencia dolorosa es fundamental.

El hecho de que una prueba de imagen no explique por completo el dolor no significa que el dolor no sea real.

Significa que la experiencia dolorosa puede depender de múltiples mecanismos, algunos de ellos relacionados con el procesamiento del sistema nervioso, la función muscular, la movilidad tisular, la convergencia visceral o la historia de protección mantenida.


La terapia manual puede ser útil cuando existe hipertonía, restricción fascial, dolor miofascial, alteración de la movilidad tisular o cicatrices dolorosas. Debe adaptarse a la irritabilidad del paciente y evitar intervenciones agresivas que aumenten la respuesta defensiva.

En dolor pélvico crónico, más intensidad no significa mejor tratamiento.


El trabajo sobre la movilidad y la función debe plantearse de forma global, sin reducir el tratamiento al suelo pélvico. La pelvis se relaciona con la columna lumbar, la cadera, el abdomen, el diafragma, la respiración y el sistema de presiones.

Por ello, la recuperación funcional debe integrar progresivamente estas relaciones sin imponer al paciente demandas que su sistema todavía no tolera.


La modificación temporal de cargas también puede ser necesaria. Esto no implica inmovilizar ni evitar todo movimiento, sino ajustar aquellas actividades que mantienen la irritabilidad, reorganizar hábitos, reducir amenazas mecánicas o sensitivas y acompañar al paciente hacia una mayor tolerancia.


Cuando existe un componente de sensibilización central o nociplástica, el tratamiento debe ser especialmente prudente. La prioridad será reducir amenaza, mejorar sueño, dosificar estímulos, restaurar confianza, favorecer la exposición gradual y evitar enfoques invasivos o excesivamente intensos que puedan reforzar la hipervigilancia.

El tratamiento con neurodiatermia, combinación de neuromodulación no invasiva y diatermia, está recomendado en estos casos.



Aviso: este contenido es informativo y no sustituye la evaluación ni el consejo profesional individualizado.


📞 Esmeralda Banacloy – Fisioterapeuta: 677 47 20 37✉️ info@therapyglobalsolutions.com

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